Tú me prometiste una novela, y yo a sabiendas nos apunté al certamen de relatos cortos.
Acabé escribiendo un final alternativo, en el que te partías los dientes por mi sonrisa y me decías que el vaivén de mis caderas era el único ritmo que lograbas comprender.
Un final en el que acabábamos comiendo perdices y follando entre líneas.
Un final en el que los dos protagonistas terminaban locamente enamorados.
Situé la historia en un escenario acuático en el que tú eras mi salvavidas de primera clase, y terminabas convirtiéndote en roca para acabar conmigo en lo más hondo.
La portada era una cuerda hecha a base de tus lunares que parecía bastante segura para colgarse de ella una vida entera.
El título llevaba tu nombre.
Igual que la mayoría de las cosas desde que te conocí.
La sinopsis hablaba de tus idas y venidas, de tus ojos color cielo capaces de comenzar la tercera guerra mundial o acabar cualquier batalla existente, y de tus hombros con el cartel de "prohibido llorar" colgado permanentemente.
En los agradecimientos mencionaba a la lluvia sobre la que bailamos, y a los charcos de alegría en los que te gustaba saltar para calarme hasta los huesos.
Que pena que sólo sea eso, un final, y además alternativo.
Créeme cuando te digo que me hubiera encantado escribir acerca del baile de tus pestañas y créeme también cuando te afirmo que se lo hubiera dedicado a tus labios si los conociera más a fondo.
Pero no pudo ser.
¿Cómo va a ser si me llamabas cielo mientras se lo regalabas a otros ojos verdes?
¿Cómo va a ser si mientras bailabas bajo mi falda te girabas cada vez que veías el vuelo de otra?
¿Cómo va a ser si tú no eras conmigo?
Ojalá que te vaya bien como escritor, y ojalá que encuentres una musa fácil de contentar, que por mi parte, estas manos, ya no van a escribir ninguna secuela.
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